viernes, 13 de mayo de 2011
OTRA HISTORIA DE LA FILOSOFIA
miércoles, 24 de febrero de 2010
Las virtudes que me faltan. Vol. 1: La Constancia.
Si alguien me pidiese que definiera la constancia, o mejor, la ausencia de la misma, le diría: ¿como cuando te creas un blog con muchísima ilusión y en un mes sólo pones una entrada? Pues he ahí la falta de constancia. No se trata tanto de que algo haya dejado de gustarte, sino que ya no te ilusiona. La constancia y la ilusión van de la mano en muchas ocasiones.
En mi caso, es empezar las cosas con la mayor de las esperanzas, proyectos que se construyen como edificios en mi cabeza: idea a idea, cimiento a cimiento, ladrillo a ladrillo. Pero tras un breve inicio fulgurante lleno de buenas voluntades e ilusiones, viene una especie de súbita aluminosis que da con el edificio al traste.
Otro ejemplo, aunque no desligado del anterior, es el de escribir. Pienso muchas veces en escribir un libro simplemente cojonudo y que los que me rodeen puedan decir que rodean a un escritor. Pienso en mi persona subiendo a lo alto de una tarima a recoger el premio a la mejor novela del año, mirando al público con satisfacción, sellando mi memoria para la historia, un algo por lo que me recuerden -escribir te hace inmortal, decían los antiguos-. Y claro, con unos pensamientos tan maravillosos, llenos de glamour intelectual y de una buena consideración -amén de algo de dinero, por supuesto-, uno no puede dejar de intentarlo; y entonces piensas: basta ya de vacilar entre ensoñaciones, ponte a escribir y prueba suerte en algún concurso de medio pelo, eres un maldito licenciado, puedes barrer a cualquier capullo que quiera presentarse.
Pero pronto te das cuenta de que los cuentos que te cuentas no son cuentas que se cuadren con facilidad. Para escribir una novela, y más si ésta ha de ser cojonuda, necesitas algo que contar. Algo nuevo que decir, o algo viejo con una nueva perspectiva, o algo nuevo con una vieja perspectiva, o nuevo y viejo a la vez pero contado con una perspectiva nueva y vieja a la vez pero algo, ¡maldita sea, algo! En el primer escalón ya me doy de bruces contra la evidencia, y la evidencia me la termino por decir: no tienes nada que contar. Pero da igual, como ya he dicho, los primeros momentos son fulgurantes, y una mota de oscuridad no va a jodernos el circo que nos hemos montado ¿verdad?
Así que me pongo a escribir sin más sobre algún tema que haya manoseado últimamente y con ello lleno dos hojas de Word diciéndome a mi mismo: no es tan difícil esto de escribir, cómo me voy a forrar! Sin embargo se hacen las 3 o las 4 de la madrugada -los momentos fulgurantes tienen eso- y decido irme a dormir…e irme a dormir es poner punto y final a mi novela, con lo que el círculo se cierra a la espera de que una nueva ilusión lo vuelva a abrir.
martes, 9 de febrero de 2010
Reflexiones sobre educación para la ciudadanía

Lo que te puedes encontrar allí te lo resumo en esto: vamos a ver cuáles son los valores que se llevan en una democracia y los ponemos escritos entre fotos de niños abrazándose -uno de ellos siempre negro- con mochilas en la espalda, sonriendo, felices como queriendo decir: “sí, ir al instituto es mejor que masturbarse” etc. etc. Pondremos nombres molones a las unidades como “La Globalización como motor del Desarrollo” o “Que el capitalismo mate y tú te calles” y finalmente meteremos unas cuantas actividades que hasta un mono ciego y con síndrome de Asperger resolvería. Pondremos el “libro” a unos 3.000 euros y para el año que viene renovaremos el color de la tapa y diremos que el del año pasado no vale porque “la democracia avanza la ostia en un año”.
En cualquier caso, lo que te vas a encontrar en el libro va a ser un adoctrinamiento. Sí, señoras y señores, un licenciado en Filosofía que dice que esa asignatura adoctrina -y no soy el único ni mucho menos- como lo dice nuestra querida y admirada Conferencia Episcopal. Ahora bien, las similitudes con los cristianos terminan ahí. La asignatura adoctrina, pero no porque vaya en contra de mi Dios, o en contra de La Familia, o en contra de la Vida de los no-natos (un día de estos iré a que me bauticen una corrida) ni chorradas de esas. No se pueden sostener las pretensiones cristianas en ese punto. No podemos dar una educación a la carta: qué les parecería si el día de mañana me presento al instituto de mi hijo y le digo al profesor de matemáticas: “oye, a mi hijo no le des los números irracionales que nosotros somos pitagóricos y en nuestra religión los números irracionales son pecado, están malditos. Mientras les estés dando el numero Pi o la raíz cuadrada de 2 a los demás niños, al mío lo sientas a parte y le das las maravillosas propiedades del número 10, que es redondo, puro y misericordioso”?. ¿Puede sostenerse tal cosa? Señores de cortinas moradas en cuaresma: multiplíquense por cero y divídanse por Pi!
Ahora bien, que la asignatura adoctrina es algo que cae de su propio peso: lo que se establecen son una serie de valores occidentales, liberales e históricamente condicionados y se presentan cómo mínimos morales imprescindibles, las pepitas de oro que han quedado del castigado río de la filosofía y, en definitiva, valores objetivos. ¿Valores objetivos de qué? ¿Qué significa objetivos? ¿Objetivos como que los cuerpos caen a una aceleración de 9,8 m/s2? ¿U objetivos como que la Revolución Francesa empezó en 1789? ¿Cómo de objetivos? Decir que existen valores objetivos es no entender nada de la naturaleza de los valores: históricos, cambiantes, subjetivos, a posteriori, mayoritariamente impuestos y periódicamente aceptados. Así pues, y aunque educar siempre comporta un componente de transmisión de valores (“cállate!” ya son muchos valores), otra cosa muy diferente es darlos explícitamente en una asignatura mostrándolos como si lo que allí hubiera fuesen las ecuaciones de la moralidad: los valores objetivos.
En definitiva, todo esto viene a que estudiar cinco años de Filosofía para terminar diciendo chorradas del tipo “los homosexuales son gente normal”, “no mates a tu compañero de pupitre todavía” o “vota o te jodes y bailas” me da ganas de llorar. ¿Dónde ha quedado la Lógica y la Filosofía de la Ciencia? Si Carnap levantase la cabeza…
