viernes, 13 de mayo de 2011

OTRA HISTORIA DE LA FILOSOFIA


Hay desde luego multitud de preguntas filosóficas: si existe dios, qué es el bien, si piensan las máquinas, si existe progreso, qué es el significado de una palabra, si somos algo más que sensaciones, etc. etc. El problema reside en que, aun cuando todo el mundo puede llegar a plantearse alguna de ellas a lo largo de su vida, son sin duda cavilaciones que pronto se quedan en nada, se abandonan o simplemente se rehúye del lenguaje que se utiliza para expresarlas. Sin embargo, considero que hay una pregunta eminentemente filosófica que todo el mundo ha tenido que plantearse en algún momento de su vida, sea él mismo el interrogador o lo sea algún amigo cabroncete: ¿Por cuánto dinero te comerías una mierda?

El problema de dar respuesta a esta pregunta no deja de ser complejo, y de súbito empiezan a aparecer múltiples consideraciones: si es mía o de otro, si cuanto tiempo tiene, si es de animal o de humano, si lo tengo que hacer enseguida o puedo ir comiéndomela a ratos, etc. Sin embargo, el hecho de poner tales condicionantes, amén del hecho de no poner como precio algo absolutamente desproporcionado, parece dejar en entredicho tu dignidad. Parece que si comerte una mierda depende de quien sea, del tiempo que tienes para hacerlo o de cien euros más o menos, sin duda se genera cierta desconfianza hacia tu persona, hacia tu integridad, tus valores, tu autoestima o en definitiva, repito, hacia tu dignidad.

A pesar de eso, la pregunta existe, y por supuesto existen respuestas. No considero que exista una respuesta acertada y otra equivocada, pero sin duda existen respuestas. Lo que se va a presentar aquí será una especie de historia de la filosofía que asuma como hilo conductor la pregunta mencionada. Puede ahora preguntárseme: ¿crees que algún filósofo se habrá hecho alguna vez tal estúpida pregunta? Desde luego no consta en ningún célebre texto que yo sepa, pero también son evidentes un par de cosas: los posicionamientos filosóficos de cada autor o escuela dan material de sobra para contestarla o dar una interpretación plausible de cual hubiera sido la respuesta, y además, la historia de la filosofía no deja de ser un self-service en el que cada uno puede entrar y comer las veces que quiera (incluso a veces mierda). Empecemos.

Por todos es conocido que se considera como el primero de los filósofos occidentales a un señor mayor de la ciudad de Mileto llamado Tales (s.VI a.C.). Poco sabemos de lo que dijo o pensaba, pero con los fragmentos que tenemos hay de sobra para contestar nuestro interrogante. Para Tales todo estaba formado por agua, pues esta era el principio constitutivo de todo. Así, no parece exagerado considerar que Tales no hubiese puesto demasiadas pegas en comerse un excremento aun en el peor de los estados, pues no sería nada del otro mundo beber agua marrón. ¿Cuál sería el precio? Pongamos 0,75 euros, que bien puede ser el montante a pagar por una botella del líquido elemento.

Avanzan los siglos y nos encontramos con Platón. Probablemente se estará pensando que Platón podría hacerlo prácticamente gratis, pues para él toda realidad sensible no era sino una mala reproducción del mundo de las ideas: no parece algo demasiado costoso comerse la copia de una mierda. Ahora bien, si algo le preocupaba a Platón era la justicia en la polis y en el individuo, y famosa es su definición de ésta como la armonía de sus partes integrantes. La justicia es la no injerencia, así que el ateniense sería de aquellos que preguntaría: ¿pero de quién es la mierda? Si es suya el precio no sería para nada desorbitado (digamos 100 euros), pero si es de otro empiezan los problemas. Si la mierda es de un artesano el precio se iría de madre; si es de un guardián ya costaría menos y, finalmente, si la mierda es de un gobernante, de un filósofo-rey, entonces el precio sería más asequible (500 euros por ejemplo). Ahora bien, ha de quedar claro que en cualquiera de los casos Platón siempre abogaría por la no injerencia (¡le dedica casi toda la República a eso!), por que cada uno se ocupe de lo suyo, o dicho sencillamente: que cada uno se coma su propia mierda (“¡y Dios la de todos!”, añadirá San Agustín).

El discípulo de Platón fue Aristóteles, y por supuesto de su filosofía también se pueden entresacar las líneas maestras para dar respuesta a nuestro escatológico reto. Presumo que Aristóteles quedaría un tanto perplejo ante nuestra pregunta: la mierda es en acto mierda, pero también lo es en potencia si nos la comemos. Pero el viejo sabio no se quedaría en eso, sino que iría más allá y nos preguntaría por la forma. ¿Cómo? Pues sí, el estagirita le daba mucha importancia a la forma, pero no sólo por lo que respecta al hilemorfismo, sino también a la forma geométrica comúnmente entendida. De entre todas las figuras, la esfera es la mejor, porque todas sus partes equidistan lo mismo del centro. Así, si la mierda es circular el precio danzaría entre los 40 y 60 euros, pues no deja de ser algo semidivino; pero si el excremento es algo feo, disforme y vulgarmente infralunar, el montante se dispararía (hasta los 3000 euros probablemente).

Damos un salto secular para plantarnos en el luminoso inicio de la Modernidad de la mano de Descartes. René, querido, ¿por cuánto te comerías una cagada? Serían muchas las consideraciones del francés en este punto, pero más allá de toda duda metódica, de todo genio maligno defecador, el precio de Descartes sería elevado. No creo que sea algo difícil de explicar. Si la pregunta se hiciese a otro conocido racionalista como Leibniz, la respuesta bien pudiera aproximarse a no más de 50 euros, pues ¿qué importa llevarse a la boca un puñado de puntos de energía, un manojo de infinitas fuerzas, un conjunto de mónadas? Pero ¡ay, amigo!, qué distinto se vuelve todo cuando piensas una mierda bajo el concepto res extensa. Sin duda alguna considerar como una sustancia con toda su extensión y con todos sus atributos a una defecación eleva el precio a pagar por ser injerida, y el bueno de Descartes pondría el listón alto: 5000 contantes y sonantes. Pero sigamos en el racionalismo, ¿qué diría Spinoza? Pues aunque parezca mentira, el holandés superaría a Descartes. ¿Cómo? Pues imagínate si consideras que la mierda no es ya una sustancia con extensión y con atributos, sino que es (al menos en parte) el propio Dios. El panteísmo pone el reto cuesta arriba, y mucho tendríamos que ahorrar para hacer frente a la demanda de 20.000 de nuestro pensador.

Hume es quizás un caso aparte en la historia de la filosofía. En primer lugar no creo que se extendiese mucho en la discusión y en segundo, probablemente, reiría a carcajadas con semejante chorrada. Pero cuidado, porque la risa no denota en este caso negación, sino al contrario: un precio realmente bajo. ¿Por qué? Porque para Hume es evidente que del hecho de que hasta ahora las mierdas hayan podido tener un mal sabor, no se sigue necesariamente que lo hayan de tener en un futuro. El problema de la inducción le juega una mala pasada a nuestro empirista preferido, porque le obliga a considerar que puede que no haya nada malo en llevarse una mierda a la boca. Por todo esto, amén de por su carácter afable, el precio de Hume no superaría en ninguno de los casos los 15 euros (¡una auténtica ganga filosófica!).

Pero pasemos a Kant y su idealismo trascendental. Se podrá pensar que Kant trataría de marearnos a través de la disyunción entre mierda como fenómeno o mierda como noúmeno, de si la captamos en el espacio y en el tiempo y aplicamos las categorías de sustancia, unidad o existencia. Pero presumo que el principal problema de convencer a Kant vendría más bien por el lado del uso práctico de la razón. Con todo, la piedra de toque para que el de Königsberg considerase mínimamente en serio nuestra propuesta vendría del hecho de trasladársela conforme al imperativo categórico. La pregunta no podría ser ya ¿por cuánto…? sino más bien ¿desearías que comerte una mierda por 300 euros se convirtiese en ley universal? e ir variando la cantidad hasta que el sujeto trascendental (el propio Kant en este caso) nos diese una respuesta inequívocamente afirmativa. Así, en la medida en que el precio dependería en gran parte de nuestra formulación, es difícil establecer por cuanto accedería Kant, aunque no me parece nada exagerado que diese el sí por unos 400 ó 500 euros.

Hegel es complicado. Todo él es complicado. Es difícil hacer una interpretación de una cosa tan anodina en el seno de su pensamiento. Ahora bien, si algo queda claro en Hegel es que, dada la racionalidad de lo real, toda realidad no deja de ser pensamiento. ¿Qué problema puede encontrar el káiser del idealismo en comerse un pensamiento? Aunque me parece una de las cantidades más difíciles de establecer y que más puede discutirse, en la medida en que la historia no deja de ser una teodicea y que todo se rige por un plan racional, el precio de Hegel asumiría ese destino preestablecido y acataría el reto por unos 75 euros más o menos. Y si encima consideramos que no se trata ya de la conciencia enajenada en la naturaleza sino de una plena autoconsciencia replegada en sí misma, podría bajar hasta los 60 euros, pues no es lo mismo que los demás te vean hacerlo, que considerar que se trata de “un yo que es nosotros, un nosotros que es yo”. La intimidad de la autoconsciencia.

Nietzsche es fácil, no tanto el diálogo que estableceríamos, pero sí el resultado final (unos 25 euros más o menos). El de Röcken empezaría a autoconvencerse que quizás se trate de algo contracultural, de dar una patada a los valores judeocristianos, de que la mierda-sustancia no deja de ser una metáfora desgastada, etc. etc. Pero a pesar de esto, el propio Nietzsche, después de mucho cavilar, después de mucho discurrir, blasfemar, injuriar a sacerdotes, moralistas y demás, terminaría por darse cuenta de la única respuesta posible a nuestra pregunta. Después de preguntar si se trata de un excremento de hombre o de superhombre (supermierda), de si tiene medidas apolíneas o más bien el aroma de lo dionisíaco, de si debe tenerse en cuenta los instintos y la voluntad de poder comérsela, se quedaría quieto, pasmado, ensimismado, y balbuceando diría: “¿Me la tengo que comer otra vez?”. Que jodido debe ser el eterno retorno para un asunto así.

Hasta aquí nuestro recorrido. Evidentemente quedan muchas escuelas y pensadores por venir (el excremento como noema para Husserl, la mierda-ahí para Heidegger, la posible contradicción en la respuesta entre el primer Wittgenstein y el segundo, o incluso Foucault y una eventual arqueología de las heces), pero vendrán en futuras ediciones o tal vez nunca (nunca). Lo importante es hacer partícipe al lector de algo medianamente sorprendente: salvo uno o dos casos, las respuestas de nuestros pensadores preferidos no eran nada del otro mundo, y les hubiésemos podido llenar la boca de mierda reuniendo un poco de dinero para ello. Pero digo que es medianamente sorprendente porque nadie ha discutido nunca la falta de dignidad de la mayoría de filósofos. Ahora bien, el más suspicaz se preguntará: ¿pero no hay nadie en la historia de la filosofía occidental que se negase en rotundo a tal macabro reto? ¿No hay nadie que profiriese un ‘no’ inequívoco como respuesta? ¿No existe pensador o corriente que declinase nuestra propuesta aun por todo el oro del mundo? Efectivamente, existe, y esos fueron los estoicos. Y ahora a caso se preguntará: ¿Qué compleja y rígida moral subyace a tal negativa? ¿Qué admirable autoestima se esconde detrás de tal exquisita condena? No amigos, los estoicos declinarían la propuesta no por una fuerte y compleja moral al servicio de la dignidad, no por un abstracto sistema de valores, no por férreos principios morales o dietéticos. ¿Por qué entonces se negarían a comerse una mierda por unos cuantos euros? Pues por si a caso la disfrutan.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Las virtudes que me faltan. Vol. 1: La Constancia.

Si alguien me pidiese que definiera la constancia, o mejor, la ausencia de la misma, le diría: ¿como cuando te creas un blog con muchísima ilusión y en un mes sólo pones una entrada? Pues he ahí la falta de constancia. No se trata tanto de que algo haya dejado de gustarte, sino que ya no te ilusiona. La constancia y la ilusión van de la mano en muchas ocasiones.

En mi caso, es empezar las cosas con la mayor de las esperanzas, proyectos que se construyen como edificios en mi cabeza: idea a idea, cimiento a cimiento, ladrillo a ladrillo. Pero tras un breve inicio fulgurante lleno de buenas voluntades e ilusiones, viene una especie de súbita aluminosis que da con el edificio al traste.

Otro ejemplo, aunque no desligado del anterior, es el de escribir. Pienso muchas veces en escribir un libro simplemente cojonudo y que los que me rodeen puedan decir que rodean a un escritor. Pienso en mi persona subiendo a lo alto de una tarima a recoger el premio a la mejor novela del año, mirando al público con satisfacción, sellando mi memoria para la historia, un algo por lo que me recuerden -escribir te hace inmortal, decían los antiguos-. Y claro, con unos pensamientos tan maravillosos, llenos de glamour intelectual y de una buena consideración -amén de algo de dinero, por supuesto-, uno no puede dejar de intentarlo; y entonces piensas: basta ya de vacilar entre ensoñaciones, ponte a escribir y prueba suerte en algún concurso de medio pelo, eres un maldito licenciado, puedes barrer a cualquier capullo que quiera presentarse.

Pero pronto te das cuenta de que los cuentos que te cuentas no son cuentas que se cuadren con facilidad. Para escribir una novela, y más si ésta ha de ser cojonuda, necesitas algo que contar. Algo nuevo que decir, o algo viejo con una nueva perspectiva, o algo nuevo con una vieja perspectiva, o nuevo y viejo a la vez pero contado con una perspectiva nueva y vieja a la vez pero algo, ¡maldita sea, algo! En el primer escalón ya me doy de bruces contra la evidencia, y la evidencia me la termino por decir: no tienes nada que contar. Pero da igual, como ya he dicho, los primeros momentos son fulgurantes, y una mota de oscuridad no va a jodernos el circo que nos hemos montado ¿verdad?

Así que me pongo a escribir sin más sobre algún tema que haya manoseado últimamente y con ello lleno dos hojas de Word diciéndome a mi mismo: no es tan difícil esto de escribir, cómo me voy a forrar! Sin embargo se hacen las 3 o las 4 de la madrugada -los momentos fulgurantes tienen eso- y decido irme a dormir…e irme a dormir es poner punto y final a mi novela, con lo que el círculo se cierra a la espera de que una nueva ilusión lo vuelva a abrir.

¿Solución? Se me presentan dos: aguantar los momentos fulgurantes sin dormir durante un mes para terminar lo empezado, o encontrar la manera de hacer que la virtud que me falta forme parte de mí. Hacer del escribir un hábito, o como quiera llamarse. Pero mi pregunta es, querido lector, ¿es necesario que algo te guste de corazón para que la constancia te embriague? Si, y sólo si, la respuesta es negativa, ¿qué puedo hacer para evitar sentirme hastiado tan rápidamente? Pero si, y sólo si, la respuesta es afirmativa, ¿qué puedo hacer para estar un mes sin dormir?

martes, 9 de febrero de 2010

Reflexiones sobre educación para la ciudadanía


Por cuestiones estrictamente académicas e inequívocamente ajenas a mi voluntad me encuentro con que debo familiarizarme con los contenidos de la sobadísima Educación para la Ciudadanía. Después de haber leído tanto en los periódicos, oído en la radio y leído, oído y visto en la televisión, uno espera encontrarse allí con una especie de desahucio de la moralidad, fábrica de herejes, comunistas y, por supuesto, aguerridos nihilistas que no dejan nada de lo que Dios nos ha dado en pie. Uno supone que después de tanto revuelo, abrir las páginas de un libro -aunque decir que esas cosas son libros ya es decir mucho- de Educación para la Ciudadanía es como abrir un almacén de misiles éticos dispuestos a destruir los cimientos de nuestra civilización. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Lo que te puedes encontrar allí te lo resumo en esto: vamos a ver cuáles son los valores que se llevan en una democracia y los ponemos escritos entre fotos de niños abrazándose -uno de ellos siempre negro- con mochilas en la espalda, sonriendo, felices como queriendo decir: “sí, ir al instituto es mejor que masturbarse” etc. etc. Pondremos nombres molones a las unidades como “La Globalización como motor del Desarrollo” o “Que el capitalismo mate y tú te calles” y finalmente meteremos unas cuantas actividades que hasta un mono ciego y con síndrome de Asperger resolvería. Pondremos el “libro” a unos 3.000 euros y para el año que viene renovaremos el color de la tapa y diremos que el del año pasado no vale porque “la democracia avanza la ostia en un año”.

En cualquier caso, lo que te vas a encontrar en el libro va a ser un adoctrinamiento. Sí, señoras y señores, un licenciado en Filosofía que dice que esa asignatura adoctrina -y no soy el único ni mucho menos- como lo dice nuestra querida y admirada Conferencia Episcopal. Ahora bien, las similitudes con los cristianos terminan ahí. La asignatura adoctrina, pero no porque vaya en contra de mi Dios, o en contra de La Familia, o en contra de la Vida de los no-natos (un día de estos iré a que me bauticen una corrida) ni chorradas de esas. No se pueden sostener las pretensiones cristianas en ese punto. No podemos dar una educación a la carta: qué les parecería si el día de mañana me presento al instituto de mi hijo y le digo al profesor de matemáticas: “oye, a mi hijo no le des los números irracionales que nosotros somos pitagóricos y en nuestra religión los números irracionales son pecado, están malditos. Mientras les estés dando el numero Pi o la raíz cuadrada de 2 a los demás niños, al mío lo sientas a parte y le das las maravillosas propiedades del número 10, que es redondo, puro y misericordioso”?. ¿Puede sostenerse tal cosa? Señores de cortinas moradas en cuaresma: multiplíquense por cero y divídanse por Pi!

Ahora bien, que la asignatura adoctrina es algo que cae de su propio peso: lo que se establecen son una serie de valores occidentales, liberales e históricamente condicionados y se presentan cómo mínimos morales imprescindibles, las pepitas de oro que han quedado del castigado río de la filosofía y, en definitiva, valores objetivos. ¿Valores objetivos de qué? ¿Qué significa objetivos? ¿Objetivos como que los cuerpos caen a una aceleración de 9,8 m/s2? ¿U objetivos como que la Revolución Francesa empezó en 1789? ¿Cómo de objetivos? Decir que existen valores objetivos es no entender nada de la naturaleza de los valores: históricos, cambiantes, subjetivos, a posteriori, mayoritariamente impuestos y periódicamente aceptados. Así pues, y aunque educar siempre comporta un componente de transmisión de valores (“cállate!” ya son muchos valores), otra cosa muy diferente es darlos explícitamente en una asignatura mostrándolos como si lo que allí hubiera fuesen las ecuaciones de la moralidad: los valores objetivos.

En definitiva, todo esto viene a que estudiar cinco años de Filosofía para terminar diciendo chorradas del tipo “los homosexuales son gente normal”, “no mates a tu compañero de pupitre todavía” o “vota o te jodes y bailas” me da ganas de llorar. ¿Dónde ha quedado la Lógica y la Filosofía de la Ciencia? Si Carnap levantase la cabeza…