Si alguien me pidiese que definiera la constancia, o mejor, la ausencia de la misma, le diría: ¿como cuando te creas un blog con muchísima ilusión y en un mes sólo pones una entrada? Pues he ahí la falta de constancia. No se trata tanto de que algo haya dejado de gustarte, sino que ya no te ilusiona. La constancia y la ilusión van de la mano en muchas ocasiones.
En mi caso, es empezar las cosas con la mayor de las esperanzas, proyectos que se construyen como edificios en mi cabeza: idea a idea, cimiento a cimiento, ladrillo a ladrillo. Pero tras un breve inicio fulgurante lleno de buenas voluntades e ilusiones, viene una especie de súbita aluminosis que da con el edificio al traste.
Otro ejemplo, aunque no desligado del anterior, es el de escribir. Pienso muchas veces en escribir un libro simplemente cojonudo y que los que me rodeen puedan decir que rodean a un escritor. Pienso en mi persona subiendo a lo alto de una tarima a recoger el premio a la mejor novela del año, mirando al público con satisfacción, sellando mi memoria para la historia, un algo por lo que me recuerden -escribir te hace inmortal, decían los antiguos-. Y claro, con unos pensamientos tan maravillosos, llenos de glamour intelectual y de una buena consideración -amén de algo de dinero, por supuesto-, uno no puede dejar de intentarlo; y entonces piensas: basta ya de vacilar entre ensoñaciones, ponte a escribir y prueba suerte en algún concurso de medio pelo, eres un maldito licenciado, puedes barrer a cualquier capullo que quiera presentarse.
Pero pronto te das cuenta de que los cuentos que te cuentas no son cuentas que se cuadren con facilidad. Para escribir una novela, y más si ésta ha de ser cojonuda, necesitas algo que contar. Algo nuevo que decir, o algo viejo con una nueva perspectiva, o algo nuevo con una vieja perspectiva, o nuevo y viejo a la vez pero contado con una perspectiva nueva y vieja a la vez pero algo, ¡maldita sea, algo! En el primer escalón ya me doy de bruces contra la evidencia, y la evidencia me la termino por decir: no tienes nada que contar. Pero da igual, como ya he dicho, los primeros momentos son fulgurantes, y una mota de oscuridad no va a jodernos el circo que nos hemos montado ¿verdad?
Así que me pongo a escribir sin más sobre algún tema que haya manoseado últimamente y con ello lleno dos hojas de Word diciéndome a mi mismo: no es tan difícil esto de escribir, cómo me voy a forrar! Sin embargo se hacen las 3 o las 4 de la madrugada -los momentos fulgurantes tienen eso- y decido irme a dormir…e irme a dormir es poner punto y final a mi novela, con lo que el círculo se cierra a la espera de que una nueva ilusión lo vuelva a abrir.

